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Ángeles Mastretta (Puebla, 1949)

Ángeles Mastretta (Puebla, 1949)

Por Cynthia Granados

Periodista egresada de la UNAM, becada por el Centro Mexicano de Escritores en 1974, lo que le dio la oportunidad de trabajar con figuras de la literatura mexicana como Juan Rulfo y Salvador Elizondo.

Colaboró en el periódico «Ovaciones» con su columna “Del absurdo cotidiano”, que hoy en día sigue vigente en forma de blog. Además de su trabajo periodístico, ha publicado novela, poesía, cuentos y memorias. Por su novela «Mal de amores» recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1997, siendo la primera mujer (de dos en total) reconocida con esta presea.

En su literatura, Mastretta destaca por retratar a mujeres fuertes y de carácter, adelantadas a su época. Tal es el caso de Catalina Guzmán, la protagonista de su primera novela «Arráncame la vida», publicada en 1985, galardonada con el Premio Mazatlán y adaptada exitosamente al cine en 2008.

Asimismo, en «Mujeres de ojos grandes», de 1990, nos regala una colección de viñetas para echar un vistazo a la vida de 37 “tías” de su familia. Aunque a simple vista algunas parecerán mujeres simples o superficiales, es inevitable tomar interés en las diferentes formas que tienen de encarar las adversidades de lo cotidiano, sus relaciones familiares, la forma de apoyarse (o no) en otras mujeres, la sexualidad, la libertad y la lucha contra el deber ser.

El feminismo que siempre ha defendido Ángeles Mastretta no sólo se ve reflejado en su obra literaria, sino también en otras actividades y ámbitos como su participación en la revista «FEM» o la fundación del grupo Unión de Mujeres Antimachistas, en la Ciudad de México.

Extracto del libro «Mujeres de ojos grandes»

Cuando la tía Carmen se enteró de que su marido había caído preso de otros perfumes y otro abrazo, sin más ni más lo dio por muerto. Porque no en balde había vivido con él quince años, se lo sabía al derecho y al revés, y en la larga y ociosa lista de sus cualidades y defectos nunca había salido a relucir su vocación de mujeriego. La tía estuvo siempre segura de que antes de tomarse la molestia de serlo, su marido tendría que morirse. Que volviera a medio aprender las manías, los cumpleaños, las precisas aversiones e ineludibles adicciones de otra mujer, parecía más que imposible. Su marido podía perder el tiempo y desvelarse fuera de la casa jugando cartas y recomponiendo las condiciones políticas de la política misma, pero gastarlo en entenderse con otra señora, en complacerla, en oírla, eso era tan increíble como insoportable. De todos modos, el chisme es el chisme y a ella le dolió como una maldición aquella verdad incierta. Así que tras ponerse de luto y actuar frente a él como si no lo viera, empezó a no pensar más en sus camisas, sus trajes, el brillo de sus zapatos, sus pijamas, su desayuno, y poco a poco hasta sus hijos. Lo borró del mundo con tanta precisión, que no sólo su suegra y su cuñada, sino hasta su misma madre estuvieron de acuerdo en que debían llevarla a un manicomio.

Y allá fue a dar, sin oponerse demasiado.