Éste no es más que el comienzo…la verdadera aventura es Narcisa

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Éste no es más que el comienzo…la verdadera aventura es Narcisa

Aquí presentamos, con autorización de la editorial, el prefacio que Linda Luch escribió para la novela.

No puedes salvar a alguien de sí mismo. Si intentas ir de salvador lo vas a perder todo. No vas a curar al herido. No vas a reparar el daño ya causado por unos padres egoístas, un examante violento, un acosador infantil, un tirano, la pobreza, la depresión o un simple desequilibrio químico.

No tienes manera de deshacer las heridas psíquicas, de vendar las viejas cicatrices ni de arreglar con besos antiguas magulladuras. No puedes hacer que el dolor desaparezca. No puedes acallar las voces que gritan en las cabezas de otros. No puedes hacer que nadie se sienta especial. Nunca se sentirá lo suficientemente hermoso, por más hermoso o hermosa que te parezca. Nunca se sentirá tan amado como querría, por más que lo adores.

Nunca serás capaz de evitar que los maltratados respondan con violencia a un mundo que han terminado odiando. Siempre encontrarán la manera de seguir por donde los dejaron sus agresores. Se convertirán en agresores a su vez. Te convertirán a ti en su enemigo. Siempre encontrarán un método para castigarse y castigarte a ti de paso.

Por mucho que te convenzas de que has hecho absolutamente todo lo que estaba en tu mano para demostrar tu dedicación eterna, tu firme compromiso y tu apoyo incondicional, nunca serás capaz de salvar de sí mismo a un cabrón deprimido.

Los heridos siempre encontrarán una manera de extender su dolor por un terreno más amplio, como un tsunami emocional que devasta el paisaje que lo rodea; un cortafuegos en continua expansión que lo socarra todo a su paso. Cuanto más tiempo ames a una persona herida, más daño sufrirás.

Se burlarán de tu generosidad, abusarán de tu bondad, esperarán que los disculpes, pondrán a prueba tu paciencia, absorberán tu energía y terminarán asesinando tu alma. No estarán contentos hasta que tú seas tan desgraciado como ellos. Entonces, su increíble autodesprecio quedará justificado por medio de la perpetuación de un ciclo que tiene difícil remedio.

Una vez que los acompañes en su caída libre, será virtualmente imposible darles la espalda. Te atormentará el sentimiento de culpabilidad, frustrado por tu propia impotencia, y te enfurecerá haberte tragado su mierda, para empezar. Evidentemente, cuanto más herido, más carismático y brillante. Cuanto más sexualmente embriagador, más peligroso para tu salud mental.

El amor es un campo de batalla, un campo de minas, un matadero, un campo de refugiados, un prostíbulo, un manicomio, una cárcel; un purgatorio de repetición agresiva que se propaga en el infinito; un macabro espejo de casa de la risa que imita los Nueve Círculos del Infierno de Dante. Un lugar donde las almas solitarias de los condenados a perpetuidad bailan dirigidas por un truculento derviche, empapadas en la desesperación de quienes están decididos a lanzarse al pozo del volcán abrasador en busca de un bautismo de fuego, en busca del paraíso, del nirvana, del cielo, de la vuelta al Jardín del que han sido y serán siempre expulsados.

Narcisa: Nuestra Señora de las Cenizas, de Jonathan Shaw, es un conmovedor volumen de lujuria enfermiza que rezuma una poesía torturadora de sudor y esperma sanguinolentos; una canción de amor grotescamente hermosa impregnada en el terror crepuscular perpetuo de un insoportable vínculo traumático. Una odisea en el que las Furias gemelas de la Adicción y la Codependencia te abofetean la cara con una enorme verga cuya hambre insaciable intenta engullir una y otra vez. Y, a cambio, nutre a la víctima, vuelta victimario, de un furioso amor, un abrumador imán de magia sexual de las fuerzas más oscuras de nuestra propia esencia primordial.

Narcisa es lectura obligatoria para todo aquel que haya visto machacado, vejado o escarnecido hasta lo más profundo en una de estas posesiones; todo aquel a quien el amor y la lujuria hayan atacado por la espalda, y a quien la pasión haya encadenado a un yonqui vampírico y sarnoso alimentado de cochambre, cuya devastadora belleza y puro magnetismo animal le confiriesen un aspecto de Ángel Oscuro y Místico Legendario: una respiración de fuego purificadora, un demonio que se alimenta de carne, cuya hostilidad e ira contra el mundo y todo lo que lo habita, por una retorcida manía de nuestra psique, se convierten en la tortuosa senda por la que nos afanamos en espiral, de buen grado, en busca de nuestra propia redención, con la desesperada intención de salvar nuestra imagen reflejada en el pozo insondable de la eterna negación del amor.

 

Narcisa, Jonathan Shaw.

Introducción de Lynda Lunch

Traducción de Rubén Martín Giráldez

Editorial Sexto piso, México, 2016