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Mi Sergio, mi Olguín

Por Abigaíl Garrido

Sergio Olguín no se repite a sí mismo. Retoma caminos y hace nuevas historias. Algunos libros están ligados por ciertos personajes pero las historias, todas, se leen por separado sin mayor problema.

 

Lo conocí en 2009, año en que Sergio Olguín ganó el Premio Tusquets de Novela por su obra Oscura monótona sangre, una obra menor, la verdad. La leí y no entendí la razón verdadera de la distinción. Pero después llegó a mis manos Lanús, también publicada por Tusquets pero años antes, en 2002, se trataba de su primera novela. En Lanús se veía de lejos la ciudad que construyó para Oscura monótona sangre. Dos historias recreadas en las afueras de la ciudad, en la marginalidad de la sociedad argentina. Los caminos de los personajes van de un extremo a otro y así nos deja ver los distintos y separados matices de esa sociedad. Es como subirte al autobús que va de El abasto a Lanús, en el que recorres los rincones de la ciudad siendo testigo de las tonalidades que va tomando el recorrido, los colores pastel se van convirtiendo en una gama de grises oscuros.

Sin embargo, mis libros favoritos de Sergio Olguín son La fragilidad de los cuerpos y 1982, de muy reciente aparición bajo el sello Alfaguara. Mientras el primero se concentra en el tema de la corrupción del poder, las mafias y los medios de comunicación, 1982 se va un poco más atrás de la historia, a manera de conocer más cómo opera el poder en el inconsciente nacional y colectivo. A fin de cuentas, ambos libros se unen a través de un hilo invisible que habla de las raíces de las clases políticas corruptas y la fragilidad de la sociedad ante éstas. Como en La fragilidad de los cuerpos, es esa Argentina poblada de cuerpos frágiles que tienen que sobrevivir al precio que sea.

En este sentido, La fragilidad de los cuerpos habla de las vidas al límite de Peque y Dientes, dos chicos de barrio que sueñan con triunfar en el fútbol. Estos niños forman parte de una ruleta rusa y son sometidos a un juego mortal y clandestino, cuya victoria pasa por sobrevivir el paso de tren a cambio de unos cuantos billetes. Quien alcance a saltar las vías antes de que el tren cruce, gana. Trama general planteada en el cuento titulado “Los trenes de la muerte” de 2004. La historia es contada por la periodista Verónica Rosenthal, protagonista también de Las extranjeras, publicado en 2016.

La fragilidad de los cuerpos además de ser un título poético, es una gran obra. No tiene sobresaltos de novela policiaca, tiene los propios de una vida que se vive al límite, una vida que debe arriesgar para ganar, de una vida hecha para perder y, aun así, arriesgar.  El romance nunca falta en las historias de Olguín, aunque no haya romanticismo siempre la idea del amor, de la necesidad del amor, de la atracción entre dos personas, está presente en sus obras. Olguín es contemporáneo, es creativo, se arriesga, se da concesiones románticas y, también, licencias del género. Él crea sus propias historias policiacas que, a su vez, son más bien políticas porque siempre hay un político corrupto o seres inmorales, como en toda Latinoamérica, en donde vivimos al lado de una clase política inmoral e infame.

Hace unas semanas concluí mi segunda favorita del autor, 1982, el año en que Argentina perdió Las Malvinas, en donde teje una historia militar interesante. El protagonista Augusto Vidal, militar al frente de la misión en Malvinas, es un ser que enfrenta el drama familiar tal y como enfrentaría un problema de guerra. Y es su propia táctica de guerra la que le hace planear su venganza.

Pedro, su hijo de 19 años, producto de su primer matrimonio, se enamora  de su segunda mujer, Fátima, de 30 años. Ambos deciden vivir su romance lejos de Augusto, de la familia y de la pequeña Lorena, hija de Fátima y Augusto. Aparentemente, Augusto lo toma con calma, por lo menos no echa a andar sus redes para localizar a los traidores, decide planear su venganza tal como lo haría en las tácticas de guerra. Como buen militar esperará a que las condiciones le favorezcan para salir a enfrentar al enemigo. Y así ocurre. Fátima, la traidora, llega a él y le muestra el camino para encontrar a su hijo, el otro traidor. La madre de Augusto y su ama de llaves, sus dos principales cómplices, dos mujeres que vieron con total y completo desagrado la acción de Fátima (no así la de Pedro, el hijo) le ayudan a tener a Fátima en charola de plata. La tortura prolongada y sistemática hará que Fátima se arrepienta de lo que hizo, pida perdón y se reintegre a la sociedad con una nueva conciencia. Lo mismo que los miliares hacían a los disidentes políticos durante la dictadura: picana, quemaduras, choques, desmembramiento de partes íntimas, harán que recapacite y, además de pedir perdón, entienda, por su propio bien, que lo que hizo está mal, que lo que hizo afecta a terceros y que lo que hizo no tiene perdón pero, que además, debe arrepentirse de manera consciente y de una forma natural regresar a su familia, establecerse y lograr ser, de nueva cuenta, la familia que eran. A Fátima casi le cuesta la vida, pero no cae, se mantiene, se sostiene, hasta que un día no puede más y se ve vencida.

La venganza contra Pedro, el hijo, no la planea pero le sale perfecta. Luna, una joven amiga de Pedro, amante como él de los libros, interviene para salvarlo ante los golpes que le propina Augusto una vez que lo localiza con la ayuda tácita de Fátima. Luna es arrojada por el balcón por Augusto y muere al instante. Augusto entrega a Pedro a la policía argumentando que ha matado a una joven. Pedro se queda en prisión sin juicio alguno, salvo el testimonio de un alto militar que no es cuestionado, sino obedecido. Augusto esta vez gana, no como en Malvinas. Esta vez todo le salió bien. Fátima está de vuelta a casa y en vías de una contundente curación. Fátima se reincorpora como madre, esposa y nuera, vive como debe vivir, sin protestas, sin reclamos, sin opinión, sin sueños. Esa es la vida que a ella conviene, según Augusto y la familia.

Un día Fátima se enfrenta a un recuerdo que no sabe distinguir con precisión, hay una luz en su mente que le revive la cicatriz que dejó en ella una vida feliz. Momentáneamente y a solas, escarba en la memoria y algo le dice que ella merece otra vida, que esa vida no es suya, pero no cuestiona más. La conciencia debidamente lavada ha aniquilado cualquier resquicio de aquello que la hizo inmensamente feliz. La felicidad es eso: vivir como se le impone vivir, lo otro no existe y no debió existir. Así que apresurada borra ese recuerdo y retoma el paso justo en el peldaño en el que se quedó y sigue su andar, mientras que Pedro purga su sentencia lejos de ella.

Sergio Olguín no se repite a sí mismo. Retoma caminos y hace nuevas historias. Algunos libros están ligados por ciertos personajes pero las historias, todas, se leen por separado sin mayor problema. No te engancha de manera tramposa, no te obliga a seguir la siguiente historia. Y aunque su Argentina no sea México, se le parece mucho, las historias de corrupción de la clase política y los valores morales de la clase social a veces te hacen dudar del país que estás leyendo, si te distraes pensarás que están en México. Es tan cercana su escritura que te engancha. Además, los escritores argentinos tienen una manera de contar tan discursiva, tan intrépida que no dan respiro. Leer a un argentino es no querer parar. Leer a un argentino es escuchar hablar a un argentino, hay una manera de argumentar la historia sin caer en la descripción mayúscula ingenua. Cada párrafo encierra un ritmo tal que te engancha, te eleva. En un solo párrafo puedes reír, llorar o desconcertarte, es un ritmo acelerado y continuo, no se pone el alto nunca. Sigues y sigues sin parar hasta que ves el fin. Son los ritmos de escritura que le dan ese bagaje hermoso de la vida, ese equipaje que carga siempre, sin desempacar. Terminan una reflexión al mismo tiempo que comienzan otra más arriesgada. No sé por qué, no sé si soy subjetiva, no sé si me gustan porque precisamente a mí me falta esa manera de contar las cosas y esa manera de hilar las cosas, pero son más que una atracción lectora, una adicción total. Soy seguidora de los autores contemporáneos argentinos, Claudia Piñero me encanta, pero Sergio, es mi Olguín, es mi Sergio.